Nuestras empresas se enganchan a la marea roja para vender confianza, lo veremos en FIDMA; pero el esfuerzo tiene sus lastres.
Hay cosas que se hacen con mucho esmero a sabiendas de que duran poco, por ejemplo, la empanada de berberechos de mi tía Maruja. Otras se crean para durar hasta el infinito y más allá, y sin embargo, tienen una vida azarosa, por ejemplo, una bandera.
La empanada de mi tía es arquitectura efímera pero hay más ejemplos. La Feria Internacional de Muestras de Asturias, a punto de celebrarse en Gijón, está plagada de arquitecturas efímeras, algunas de un coste que podría parecer desproporcionado para el tiempo que se van a utilizar: dieciséis días. Son los stands de las empresas e instituciones que no cuentan con pabellón permanente.
Unos son diseñados al milímetro por expertos en el arte de transmitir la cultura de una organización en treinta metros cuadrados de formas y colores. Otros están estandarizados porque el presupuesto de la entidad en cuestión es ajustado. Todos tratan de amortizar la inversión utilizándolos en otros eventos, como el vestido que se compra para una boda con la idea de lucirlo en otras dos más.
El gobierno y particularmente el ICEX, están calibrando el viento a favor que se ha generado en nuestra imagen exterior con la copa del mundo y, por primera vez en muchos años –demasiados- observan que funciona la bandera, el toro y el rojo, mal que le pese a Esperanza Aguirre que, según cuentan, dio a Telemadrid la consigna de que se hablara de “marea rojigualda” y no roja. Pequeñeces de los políticos y grandezas de los ciudadanos que damos los pasos que ellos no dan. Tampoco los magistrados del Constitucional andan muy espabilados: han tardado tanto en decir lo obvio que muchos fingen haberse olvidado de que es obvio.
Y así, ocurre en las ferias de turismo extranjeras que el ICEX facilita una “marca paraguas”, España, con un espacio común que luego puede “parcelarse” para que cada comunidad autónoma muestre sus beldades y, a veces, frente al stand paraguas está el de una o dos comunidades que van por libre, con su propia arquitectura efímera bien diferenciada. Luego llegan los visitantes y se preguntan si Cataluña o País Vasco están o no en España. Prefiero no saber lo que les dicen en los stands diferenciados porque igual volvemos a darle tarea a Mª Emilia Casas y ya le costó a la muchacha salir del primer envite.
Lastres al afán de nuestras empresas por engancharse a la marea roja y vender confianza dentro y fuera –en FIDMA veremos ese esfuerzo-. Es uno de los muchos provechos que podemos sacar de nuestro deporte y de nuestra arquitectura común no efímera: sabemos ser inteligentes y, a la vez, dejar que nuestro corazón hable. Como en el Mundial.
viernes, 16 de julio de 2010
jueves, 8 de julio de 2010
Amor y rutinas
La ley del aborto, necesaria y realista, ayudará a que la maternidad se ejerza con más libertad y responsabilidad.
Hoy, varias mujeres gijonesas y asturianas -cuyos nombres no conocemos pero que existen-, completan el plazo de tres días de reflexión que exige la nueva ley del aborto. Serán las primeras mujeres que, en caso de que su decisión sea no seguir adelante con su embarazo incipiente, aborten sin tener que dar explicaciones, sin pagar por la intervención y sin fingir una alteración psíquica para entrar en uno de los tres supuestos que contemplaba la ley anterior.
No digo nada de los miles de mujeres que hubieron de salir de España para abortar o las que se dejaron la salud o la vida en el intento al someterse a prácticas clandestinas. De evitar aquellos terribles episodios ya se encargó la ley de 1984 que, si bien nunca habló de aborto libre, hizo la vista gorda al coladero del supuesto sobre el “riesgo para la salud psíquica de la madre”.
De manera que con la nueva norma no abortarán más mujeres sino, como hasta ahora, las que quieran hacerlo, pero esta vez sin hipocresías hirientes, con dignidad, el respaldo de la ley y recursos del Estado.
Hablamos de 180.000 mujeres al año en España, de las cuales poco menos de 2.000 son asturianas. Tienen nombre y apellidos. Existen, son y entendieron que, al igual que nadie les puede imponer un matrimonio, negar una profesión o someter a cualquier servidumbre por el hecho de ser mujeres, tampoco nadie puede obligarlas, al inicio de un embarazo, a llevarlo adelante y ser madres en contra de su voluntad.
Garantizar esa libertad ayuda a que la maternidad sea más responsable porque uno de los factores decisivos para ello es que sea deseada; el mejor de los comienzos para emprender la mayor aventura imaginable: tener un hijo y formarle como persona, con amor y rutinas.
El amor es afecto, protección, valores, ejemplo, autoestima, recursos… Las rutinas son orden, responsabilidades, normas –suficientes, claras y razonadas- tiempos, espacios… y un margen a la sorpresa. En este día a día de amor y rutinas, hay conflictos, concesiones, desfondamientos, riñas, renuncias, trastazos, éxitos inesperados y emociones en permanente estado de ebullición. Hacen falta recursos –no sólo materiales- para semejante ochomil. Y las ayudas, fuera del ámbito familiar –benditas abuelas- son muy pocas.
Creo que la nueva ley del aborto tiene mucho que ver con todo esto. No con la evitación de una responsabilidad, sino con la plena toma de conciencia de ella. Reconocernos a las mujeres la libertad de decidir sobre nuestra maternidad, hace más madura y responsable a la sociedad en su conjunto, y multiplica el efecto del amor y las rutinas.
Hoy, varias mujeres gijonesas y asturianas -cuyos nombres no conocemos pero que existen-, completan el plazo de tres días de reflexión que exige la nueva ley del aborto. Serán las primeras mujeres que, en caso de que su decisión sea no seguir adelante con su embarazo incipiente, aborten sin tener que dar explicaciones, sin pagar por la intervención y sin fingir una alteración psíquica para entrar en uno de los tres supuestos que contemplaba la ley anterior.
No digo nada de los miles de mujeres que hubieron de salir de España para abortar o las que se dejaron la salud o la vida en el intento al someterse a prácticas clandestinas. De evitar aquellos terribles episodios ya se encargó la ley de 1984 que, si bien nunca habló de aborto libre, hizo la vista gorda al coladero del supuesto sobre el “riesgo para la salud psíquica de la madre”.
De manera que con la nueva norma no abortarán más mujeres sino, como hasta ahora, las que quieran hacerlo, pero esta vez sin hipocresías hirientes, con dignidad, el respaldo de la ley y recursos del Estado.
Hablamos de 180.000 mujeres al año en España, de las cuales poco menos de 2.000 son asturianas. Tienen nombre y apellidos. Existen, son y entendieron que, al igual que nadie les puede imponer un matrimonio, negar una profesión o someter a cualquier servidumbre por el hecho de ser mujeres, tampoco nadie puede obligarlas, al inicio de un embarazo, a llevarlo adelante y ser madres en contra de su voluntad.
Garantizar esa libertad ayuda a que la maternidad sea más responsable porque uno de los factores decisivos para ello es que sea deseada; el mejor de los comienzos para emprender la mayor aventura imaginable: tener un hijo y formarle como persona, con amor y rutinas.
El amor es afecto, protección, valores, ejemplo, autoestima, recursos… Las rutinas son orden, responsabilidades, normas –suficientes, claras y razonadas- tiempos, espacios… y un margen a la sorpresa. En este día a día de amor y rutinas, hay conflictos, concesiones, desfondamientos, riñas, renuncias, trastazos, éxitos inesperados y emociones en permanente estado de ebullición. Hacen falta recursos –no sólo materiales- para semejante ochomil. Y las ayudas, fuera del ámbito familiar –benditas abuelas- son muy pocas.
Creo que la nueva ley del aborto tiene mucho que ver con todo esto. No con la evitación de una responsabilidad, sino con la plena toma de conciencia de ella. Reconocernos a las mujeres la libertad de decidir sobre nuestra maternidad, hace más madura y responsable a la sociedad en su conjunto, y multiplica el efecto del amor y las rutinas.
jueves, 1 de julio de 2010
Tontilistos
Los manifestantes laicos, el burka, el IVA… ese sufrido día a día ciudadano en el que pasan cosas que pasman.
A uno de los supervivientes de la catástrofe aérea de Los Andes –aquella que dejó a un grupo aislado en la nieve durante más de setenta días- se le atribuye la famosa frase de “lo hicimos porque no sabíamos que era imposible”. En esa misma línea, los científicos presumen de aplicar el “pensamiento lateral”: cuando se tiene delante un reto, por utópico que parezca, hay que rechazar la idea recurrente de que es imposible, y abordarlo de forma imaginativa. Así avanza la ciencia y hemos conseguido, por ejemplo, erradicar enfermedades o conquistar el espacio.
Claro, hablamos de héroes y talentos, seres que escasean en el terrenal devenir. Cuando descendemos al sufrido día a día ciudadano, pasan unas cosas que pasman porque no alcanzan ni la consideración de sentido común corriente y moliente.
Murió José María Díez-Alegría, empeñado toda su vida en tender puentes entre la Iglesia y el mundo real, y no por miedo a que la Iglesia se vaciara de fieles sino por el dolor de ver el éxodo de fieles sin iglesia, uno de ellos él mismo.
Tanto esfuerzo en pensamiento lateral para que, por poner un ejemplo, el día de San Pedro, Paz Fernández-Felgueroso tuviera que justificar ante un grupo de manifestantes autodenominados Asturias Laica, su participación como alcaldesa de todos los gijoneses en el tradicional acto religioso del patrón de Gijón. A veces matan moscas a cañonazos justamente los que más presumen de ponerse al servicio de la razón. Resultado: acaban perdiéndola.
El trabalenguas del burka es otro despropósito que espero no perturbe las estivales aguas gijonesas. Resulta que ahora encuentra defensores en las filas socialistas: hay que permitir que le borren la cara a mujeres y niñas, no vaya a ser que alguna de ellas haya tomado “libremente” la decisión de renunciar a su rostro y a su identidad. Prohibirles esa automutilación sería un atentado a su libertad. ¿Estamos dispuestos a dar por buena esta reflexión?
Este mundo cotidiano al revés y plagado de reveses se antoja estos días interminable. Hoy sube el IVA y ya se anuncia un nuevo impuesto, pero dice el gobierno que las economías modestas no lo notarán; pues quienes parecen fuera del penar impositivo son los nuevos ricos de esa lista de fortunas que no deja de crecer. Se refunda la izquierda refundida, hecha de refundaciones que parecen pensadas por el enemigo para asegurarse de ir bien agarrados cuesta abajo y pedaleando. Y para rematar, nos avisan los expertos de que estamos en suicidio demográfico porque andamos reproductivamente desanimadas, y encima desanimando a las únicas que arriman el hombro, las inmigrantes.
Va a ser verdad lo que me repite desde hace años mi amiga Susana: que el mundo está dominado por los “tontilistos”, listos para conseguir el mando, tontos para todo lo demás.
A uno de los supervivientes de la catástrofe aérea de Los Andes –aquella que dejó a un grupo aislado en la nieve durante más de setenta días- se le atribuye la famosa frase de “lo hicimos porque no sabíamos que era imposible”. En esa misma línea, los científicos presumen de aplicar el “pensamiento lateral”: cuando se tiene delante un reto, por utópico que parezca, hay que rechazar la idea recurrente de que es imposible, y abordarlo de forma imaginativa. Así avanza la ciencia y hemos conseguido, por ejemplo, erradicar enfermedades o conquistar el espacio.
Claro, hablamos de héroes y talentos, seres que escasean en el terrenal devenir. Cuando descendemos al sufrido día a día ciudadano, pasan unas cosas que pasman porque no alcanzan ni la consideración de sentido común corriente y moliente.
Murió José María Díez-Alegría, empeñado toda su vida en tender puentes entre la Iglesia y el mundo real, y no por miedo a que la Iglesia se vaciara de fieles sino por el dolor de ver el éxodo de fieles sin iglesia, uno de ellos él mismo.
Tanto esfuerzo en pensamiento lateral para que, por poner un ejemplo, el día de San Pedro, Paz Fernández-Felgueroso tuviera que justificar ante un grupo de manifestantes autodenominados Asturias Laica, su participación como alcaldesa de todos los gijoneses en el tradicional acto religioso del patrón de Gijón. A veces matan moscas a cañonazos justamente los que más presumen de ponerse al servicio de la razón. Resultado: acaban perdiéndola.
El trabalenguas del burka es otro despropósito que espero no perturbe las estivales aguas gijonesas. Resulta que ahora encuentra defensores en las filas socialistas: hay que permitir que le borren la cara a mujeres y niñas, no vaya a ser que alguna de ellas haya tomado “libremente” la decisión de renunciar a su rostro y a su identidad. Prohibirles esa automutilación sería un atentado a su libertad. ¿Estamos dispuestos a dar por buena esta reflexión?
Este mundo cotidiano al revés y plagado de reveses se antoja estos días interminable. Hoy sube el IVA y ya se anuncia un nuevo impuesto, pero dice el gobierno que las economías modestas no lo notarán; pues quienes parecen fuera del penar impositivo son los nuevos ricos de esa lista de fortunas que no deja de crecer. Se refunda la izquierda refundida, hecha de refundaciones que parecen pensadas por el enemigo para asegurarse de ir bien agarrados cuesta abajo y pedaleando. Y para rematar, nos avisan los expertos de que estamos en suicidio demográfico porque andamos reproductivamente desanimadas, y encima desanimando a las únicas que arriman el hombro, las inmigrantes.
Va a ser verdad lo que me repite desde hace años mi amiga Susana: que el mundo está dominado por los “tontilistos”, listos para conseguir el mando, tontos para todo lo demás.
jueves, 24 de junio de 2010
Diez negritos
Cambio la «Semana negra» actual por aquella primera que encontró en El Musel la mejor estética imaginable.
En el clásico de Agatha Christie, diez personas aisladas acababan muriendo aunque, a la vez, una de ellas era la asesina. Yo leí de niña aquel libro de mi padre y comprendí que el crimen novelado tenía un poder subyugante -mafia, locura, guerra fría, terrorismo, bandas urbanas, da igual-, al cual no tenía intención alguna de sustraerme. Hasta hoy.
La «Semana negra» gira en torno a esa pasión compartida por tantos, con malsana intención de contagiar a más y más. Es un activo para Gijón, está llamada a formar parte de nuestro acervo cultural y acabará siendo -seguramente lo es ya- una de nuestras señas de identidad.
Pero confieso que hay dos elementos -uno que falta y otro que me sobra- en el actual formato. Ambos tienen relación. El que falta es el espacio idóneo para su celebración. Y no es nostalgia, es convicción: la mejor estética imaginable, la escenografía cómplice de verdad de este invento estuvo y está en El Musel. Sí, ya sé que el sentido común de la atracción de masas la ha llevado a otros entornos pero yo niego esa otra mayor. Me sobran las atracciones y el ruido.
Prefiero una «Semana negra» menos mastodóntica en la que, como al principio, te cruzabas básicamente con personas atraídas por reflexiones compartidas, presencia de autores, leer, comprar, hojear libros... y, de paso, tomarse una copa y dejarse sorprender por música en directo u otras artes escénicas. Hoy me frustra el contraste de las atracciones llenas y las carpas, a veces, semivacías. No sé si es la forma idónea de promocionar el género aunque sin duda sí lo es colocar un hito en el calendario festivo.
Por lo demás, el invento lleva sus dineros; de entrada, más de 90.000 euros del presupuesto festivo gijonés, aunque al parecer le llegarán otras partidas de la administración local y regional. No me impresiona lo que cuesta la cultura. Es siempre rentable porque es, como dice el experto en economía del sector cultural, Lluís Bonet, «poderoso generador del imaginario simbólico colectivo». La cultura nos dice quiénes somos, juntos y por separado. Pero seguramente ese otro enfoque -ya sé, obsoleto e imposible- de la «Semana negra» que añoro, ayudaría a ajustar unos céntimos a las arcas comunes, cosa de agradecer en tiempos de ética y estética del ahorro en la vida pública y privada.
Pero ahí están los próximos diez días negros. Y como son lo que han llegado a ser, me confieso cómplice emocional de la moratoria mantera propuesta por el concejal Jesús Montes Estrada. Me duelen esos manteros atrapados en el juego perverso de la deuda contraída. Bien pensado, todos somos un poco manteros, ¿o no?
En el clásico de Agatha Christie, diez personas aisladas acababan muriendo aunque, a la vez, una de ellas era la asesina. Yo leí de niña aquel libro de mi padre y comprendí que el crimen novelado tenía un poder subyugante -mafia, locura, guerra fría, terrorismo, bandas urbanas, da igual-, al cual no tenía intención alguna de sustraerme. Hasta hoy.
La «Semana negra» gira en torno a esa pasión compartida por tantos, con malsana intención de contagiar a más y más. Es un activo para Gijón, está llamada a formar parte de nuestro acervo cultural y acabará siendo -seguramente lo es ya- una de nuestras señas de identidad.
Pero confieso que hay dos elementos -uno que falta y otro que me sobra- en el actual formato. Ambos tienen relación. El que falta es el espacio idóneo para su celebración. Y no es nostalgia, es convicción: la mejor estética imaginable, la escenografía cómplice de verdad de este invento estuvo y está en El Musel. Sí, ya sé que el sentido común de la atracción de masas la ha llevado a otros entornos pero yo niego esa otra mayor. Me sobran las atracciones y el ruido.
Prefiero una «Semana negra» menos mastodóntica en la que, como al principio, te cruzabas básicamente con personas atraídas por reflexiones compartidas, presencia de autores, leer, comprar, hojear libros... y, de paso, tomarse una copa y dejarse sorprender por música en directo u otras artes escénicas. Hoy me frustra el contraste de las atracciones llenas y las carpas, a veces, semivacías. No sé si es la forma idónea de promocionar el género aunque sin duda sí lo es colocar un hito en el calendario festivo.
Por lo demás, el invento lleva sus dineros; de entrada, más de 90.000 euros del presupuesto festivo gijonés, aunque al parecer le llegarán otras partidas de la administración local y regional. No me impresiona lo que cuesta la cultura. Es siempre rentable porque es, como dice el experto en economía del sector cultural, Lluís Bonet, «poderoso generador del imaginario simbólico colectivo». La cultura nos dice quiénes somos, juntos y por separado. Pero seguramente ese otro enfoque -ya sé, obsoleto e imposible- de la «Semana negra» que añoro, ayudaría a ajustar unos céntimos a las arcas comunes, cosa de agradecer en tiempos de ética y estética del ahorro en la vida pública y privada.
Pero ahí están los próximos diez días negros. Y como son lo que han llegado a ser, me confieso cómplice emocional de la moratoria mantera propuesta por el concejal Jesús Montes Estrada. Me duelen esos manteros atrapados en el juego perverso de la deuda contraída. Bien pensado, todos somos un poco manteros, ¿o no?
jueves, 17 de junio de 2010
Desnortados
Negaron la crisis, niegan la depre, nos niegan el sol y andamos gachos y descreídos.
En los cursos de gestión del tiempo -hay que dedicar tiempo a organizar el tiempo- una aprende a distinguir entre lo urgente y lo importante. Atorados por lo primero, vamos aplazando lo segundo, que suele ser enjundioso y nos da una pereza bestial. Hasta tal punto nos embarga la galbana por lo que importa, que buscamos urgencias aunque no las tengamos mientras el elefante crece y crece hasta aplastarnos.
Zapatero negó la crisis cuando olía a quemado y ahora niega la «depre» cuando todos andamos gachos y descreídos, y a él se le están despegando las cejas de puro insomnio presidencial. Y no digo yo que no anduviera a cosas urgentes pero aplazó lo importante. Y negó la «depre» a Felipe González porque sintió que el presi senior, de la que le tendía la mano, le robaba protagonismo. No reparó en que, cuando González habló, todos -los que le escuchaban en el Congreso y los que andábamos achicando los miedos cotidianos- sentimos que nos pasaban la mano por el lomo dolorido.
Hasta nostalgia me produjo Matilde Fernández, con su pelillo ya cano, a su paso por Gijón. Aquella ministra peleona, hoy senadora, de la que el otro día me paré a leer titulares por si arrojaban algo de luz. Un regreso emocional, el nuestro, al «star system» político de los ochenta y noventa que, por cierto, corre a favor de Francisco Álvarez Cascos y es aviso a navegantes.
Es que andamos desnortados, sin fuelle para huelgas ni para urnas ni para nada. Y como todo va zarapicando, ahora también huérfanos de primavera, que no sabemos si florecer o mudar la hoja, porque nos han negado el sol. Ésta debe ser la ciclogénesis explosiva que nos mandaron hace unos meses y que aún estábamos esperando; ha debido coger la ruta larga para llegar hasta aquí. Es la globalización del efecto invernadero, al que le deben haber hecho un roto en el plástico. Y como todo va mezclado, pues ahora se demuestra, por ejemplo, que el ladrillo se arrimó demasiado a la ribera del Piles y el río está dispuesto a reconquistar sus aledaños, hoy convertidos en garajes.
Desnortada, a falta de Norte, buscaré el Sur. Tengo hasta el siete de julio para presentar mi curriculum a la Agencia Europea del Espacio, que busca voluntarios para pasar un invierno austral -de febrero a noviembre, unos cincuenta grados bajo cero de media- en la Antártida. Hay que ser capaz de estar aislada del mundo y dedicar un tiempecito al día a cosas no urgentes pero importantes. Rutinas, torre de libros, Ipod y a esperar a que escampe. Ya lo dijo Cela, el que resiste, gana.
En los cursos de gestión del tiempo -hay que dedicar tiempo a organizar el tiempo- una aprende a distinguir entre lo urgente y lo importante. Atorados por lo primero, vamos aplazando lo segundo, que suele ser enjundioso y nos da una pereza bestial. Hasta tal punto nos embarga la galbana por lo que importa, que buscamos urgencias aunque no las tengamos mientras el elefante crece y crece hasta aplastarnos.
Zapatero negó la crisis cuando olía a quemado y ahora niega la «depre» cuando todos andamos gachos y descreídos, y a él se le están despegando las cejas de puro insomnio presidencial. Y no digo yo que no anduviera a cosas urgentes pero aplazó lo importante. Y negó la «depre» a Felipe González porque sintió que el presi senior, de la que le tendía la mano, le robaba protagonismo. No reparó en que, cuando González habló, todos -los que le escuchaban en el Congreso y los que andábamos achicando los miedos cotidianos- sentimos que nos pasaban la mano por el lomo dolorido.
Hasta nostalgia me produjo Matilde Fernández, con su pelillo ya cano, a su paso por Gijón. Aquella ministra peleona, hoy senadora, de la que el otro día me paré a leer titulares por si arrojaban algo de luz. Un regreso emocional, el nuestro, al «star system» político de los ochenta y noventa que, por cierto, corre a favor de Francisco Álvarez Cascos y es aviso a navegantes.
Es que andamos desnortados, sin fuelle para huelgas ni para urnas ni para nada. Y como todo va zarapicando, ahora también huérfanos de primavera, que no sabemos si florecer o mudar la hoja, porque nos han negado el sol. Ésta debe ser la ciclogénesis explosiva que nos mandaron hace unos meses y que aún estábamos esperando; ha debido coger la ruta larga para llegar hasta aquí. Es la globalización del efecto invernadero, al que le deben haber hecho un roto en el plástico. Y como todo va mezclado, pues ahora se demuestra, por ejemplo, que el ladrillo se arrimó demasiado a la ribera del Piles y el río está dispuesto a reconquistar sus aledaños, hoy convertidos en garajes.
Desnortada, a falta de Norte, buscaré el Sur. Tengo hasta el siete de julio para presentar mi curriculum a la Agencia Europea del Espacio, que busca voluntarios para pasar un invierno austral -de febrero a noviembre, unos cincuenta grados bajo cero de media- en la Antártida. Hay que ser capaz de estar aislada del mundo y dedicar un tiempecito al día a cosas no urgentes pero importantes. Rutinas, torre de libros, Ipod y a esperar a que escampe. Ya lo dijo Cela, el que resiste, gana.
jueves, 13 de mayo de 2010
Fútbol gay
Subidón y posterior batacazo por la imagen de Ibrahimovic y Piqué.
Andaba yo estos días de subidón porque la foto de Ibrahimovic y Piqué había conseguido que empezara a mirar al fútbol con otros ojos. La imagen, apta para todos los públicos, me atrapó: dos iconos del balompié español en un momento de gran ternura que puede ser perfectamente amorosa.
Aún más me gustó la jugada cuando, comentada con mis retoños futboleros, constaté orgullosa que no le concedían ninguna importancia al asunto de “chico quiere a chico” aunque ambos chicos procedan del ámbito futbolístico, atravesado todavía por lenguajes y actitudes de épica machota de la maricastaña profunda.
Para rematar y como respondiendo a mis reflexiones, Pedro de Silva razonaba recientemente en estas páginas que el fútbol es un “hecho civilizador”. Caramba.
Casi avergonzada de no haberme dado cuenta por mí misma del cambio y, en todo caso, feliz de que Ibrahimovic, Piqué y De Silva me hubieran abierto las meninges a la vanguardia futbolera… contemplo en televisión al sueco espetándole a una periodista “vente con tu hermana a mi casa y verás si soy maricón”. Castañazo.
Vale, machote, queda claro: no quieres que pensemos que eres “maricón”. Y yo espero que no lo seas –homosexual, quiero decir- porque entonces mi desplome moral será aún mayor.
Bien pensado, aún puedo desmoralizarme más, porque seguro que habrá chicas dispuestas a ir –solas o con sus hermanas- a reírle las gracias a este muchacho, cuando lo suyo es ponerle la proa a ver si por la vía del boicot sexual comprende que no hace falta insultar para hacer una aclaración; es más, nadie está obligado a hacer aclaraciones sobre su vida íntima.
Es curioso cómo estos profesionales se someten con disciplina japonesa a las exigencias de sus respectivas empresas –el Real Madrid, por ejemplo, es la marca española más reputada internacionalmente, reconoce el ICEX-, van niquelados a todas partes, aceptan autógrafos y flashes sin un mal gesto, alinean su discurso y participan en interminables giras de promoción.
Sin embargo, nadie les ha debido decir que los tiempos cambian y que también incrementa la reputación de marca ser sensible y respetuoso con la diversidad que puede darse en el vestuario propio o en el ajeno.
Pues nada, volvamos a los neardentales futboleros antes de que se cruzasen con los sapiens. Y soñemos con que Manolo Preciado o Pep Guardiola, hoy paradigmas del liderazgo deportivo, algún día, en algún lugar, con cualquier pretexto, tengan un gesto hacia la diversidad sexual.
Sería estupendo para los homo, los hetero, ellos, ellas, grandes, niños, aficionados, hostiles…
Ah, se me olvidaba, también le harían un inmenso favor al fútbol.
Andaba yo estos días de subidón porque la foto de Ibrahimovic y Piqué había conseguido que empezara a mirar al fútbol con otros ojos. La imagen, apta para todos los públicos, me atrapó: dos iconos del balompié español en un momento de gran ternura que puede ser perfectamente amorosa.
Aún más me gustó la jugada cuando, comentada con mis retoños futboleros, constaté orgullosa que no le concedían ninguna importancia al asunto de “chico quiere a chico” aunque ambos chicos procedan del ámbito futbolístico, atravesado todavía por lenguajes y actitudes de épica machota de la maricastaña profunda.
Para rematar y como respondiendo a mis reflexiones, Pedro de Silva razonaba recientemente en estas páginas que el fútbol es un “hecho civilizador”. Caramba.
Casi avergonzada de no haberme dado cuenta por mí misma del cambio y, en todo caso, feliz de que Ibrahimovic, Piqué y De Silva me hubieran abierto las meninges a la vanguardia futbolera… contemplo en televisión al sueco espetándole a una periodista “vente con tu hermana a mi casa y verás si soy maricón”. Castañazo.
Vale, machote, queda claro: no quieres que pensemos que eres “maricón”. Y yo espero que no lo seas –homosexual, quiero decir- porque entonces mi desplome moral será aún mayor.
Bien pensado, aún puedo desmoralizarme más, porque seguro que habrá chicas dispuestas a ir –solas o con sus hermanas- a reírle las gracias a este muchacho, cuando lo suyo es ponerle la proa a ver si por la vía del boicot sexual comprende que no hace falta insultar para hacer una aclaración; es más, nadie está obligado a hacer aclaraciones sobre su vida íntima.
Es curioso cómo estos profesionales se someten con disciplina japonesa a las exigencias de sus respectivas empresas –el Real Madrid, por ejemplo, es la marca española más reputada internacionalmente, reconoce el ICEX-, van niquelados a todas partes, aceptan autógrafos y flashes sin un mal gesto, alinean su discurso y participan en interminables giras de promoción.
Sin embargo, nadie les ha debido decir que los tiempos cambian y que también incrementa la reputación de marca ser sensible y respetuoso con la diversidad que puede darse en el vestuario propio o en el ajeno.
Pues nada, volvamos a los neardentales futboleros antes de que se cruzasen con los sapiens. Y soñemos con que Manolo Preciado o Pep Guardiola, hoy paradigmas del liderazgo deportivo, algún día, en algún lugar, con cualquier pretexto, tengan un gesto hacia la diversidad sexual.
Sería estupendo para los homo, los hetero, ellos, ellas, grandes, niños, aficionados, hostiles…
Ah, se me olvidaba, también le harían un inmenso favor al fútbol.
jueves, 6 de mayo de 2010
Exilios
El catálogo de exilios es tan amplio como el destrozo de separarnos de lo que amamos y nos identifica.
“Me siento como una balsa en medio del océano porque el exilio me ha arrebatado mi identidad; en España soy argentino, en Argentina me dicen ‘gallego’”. Escuché estas palabras recientemente, en boca del realizador hispanoargentino Agustín Furnari Alonso de Armiño, cuando presentaba en Langreo el documental “Mi padre es un desaparecido”.
Cuenta el regreso de la esposa e hijo de Ceferino Fernández Álvarez –uno de los más de cuarenta asturianos desaparecidos en la dictadura argentina- a Muñalén (Tineo), su pueblo natal.
Si Ceferino hubiera conseguido escaparse de las garras de sus verdugos, habría emprendido su segundo exilio. El primero fue económico; el regreso, de haberse materializado, sería político.
Días después asistí en el Ateneo Obrero de Gijón a la presentación de “Ninguna tierra es la nuestra”, una recopilación de poemas de diversos autores cuyo nexo es el intento de describir -para aliviar- el tormento del exilio. Palabras sangrantes, lastimosas, reivindicativas, tiernas a veces en medio del dolor. Hielan el alma. Ha sido elaborada por el grupo pedagógico Eleuterio Quintanilla como propuesta didáctica para trabajar con alumnos de primaria y secundaria.
La presentación finalizó con un recuerdo muy emocionado de José Ángel Álvarez Cienfuegos, integrante del grupo y recientemente fallecido. La muerte podría parecer el exilio completo pero quizás sea al revés; tu identidad adquiere forma definitiva. En el caso de Álvarez Cienfuegos, no me quedó la menor duda: le han querido mucho. Si algún día estuvo exiliado, ha regresado.
Por supuesto que es necesario llevar a las aulas los sentimientos que lanza al aire el volcán del exilio. En esa nube paralizante nos reconocemos todos aunque “no nos hayamos ido a ninguna parte” porque el catálogo de exilios es tan amplio como las diversas formas que adopta el destrozo de separarnos de lo que amamos y nos identifica. Todos lo hacemos varias veces a lo largo de nuestra vida.
Exilio político, económico, familiar, laboral, afectivo… Cuando ocurre, nos quedamos sin asideros y –paradoja- hemos de recurrir a nosotros mismos para seguir caminando, cuando nosotros mismos hemos sido parcialmente borrados por nuestra huida forzosa. Somos una sombra sin figura.
De manera que no sólo se trata de ponerse las gafas de sentir como sienten los inmigrantes, también cómo sintieron nuestros padres y abuelos, como lo harán nuestros hijos, amigos…y finalmente nosotros mismos. Comprender para comprendernos.
Dice Javier Marías que “poca gente se empecina en seguir defendiendo a los derrotados y a los muertos”. Quizás esos pocos son lo que están realmente empecinados en entenderse a sí mismos para luego explicarse el mundo.
“Me siento como una balsa en medio del océano porque el exilio me ha arrebatado mi identidad; en España soy argentino, en Argentina me dicen ‘gallego’”. Escuché estas palabras recientemente, en boca del realizador hispanoargentino Agustín Furnari Alonso de Armiño, cuando presentaba en Langreo el documental “Mi padre es un desaparecido”.
Cuenta el regreso de la esposa e hijo de Ceferino Fernández Álvarez –uno de los más de cuarenta asturianos desaparecidos en la dictadura argentina- a Muñalén (Tineo), su pueblo natal.
Si Ceferino hubiera conseguido escaparse de las garras de sus verdugos, habría emprendido su segundo exilio. El primero fue económico; el regreso, de haberse materializado, sería político.
Días después asistí en el Ateneo Obrero de Gijón a la presentación de “Ninguna tierra es la nuestra”, una recopilación de poemas de diversos autores cuyo nexo es el intento de describir -para aliviar- el tormento del exilio. Palabras sangrantes, lastimosas, reivindicativas, tiernas a veces en medio del dolor. Hielan el alma. Ha sido elaborada por el grupo pedagógico Eleuterio Quintanilla como propuesta didáctica para trabajar con alumnos de primaria y secundaria.
La presentación finalizó con un recuerdo muy emocionado de José Ángel Álvarez Cienfuegos, integrante del grupo y recientemente fallecido. La muerte podría parecer el exilio completo pero quizás sea al revés; tu identidad adquiere forma definitiva. En el caso de Álvarez Cienfuegos, no me quedó la menor duda: le han querido mucho. Si algún día estuvo exiliado, ha regresado.
Por supuesto que es necesario llevar a las aulas los sentimientos que lanza al aire el volcán del exilio. En esa nube paralizante nos reconocemos todos aunque “no nos hayamos ido a ninguna parte” porque el catálogo de exilios es tan amplio como las diversas formas que adopta el destrozo de separarnos de lo que amamos y nos identifica. Todos lo hacemos varias veces a lo largo de nuestra vida.
Exilio político, económico, familiar, laboral, afectivo… Cuando ocurre, nos quedamos sin asideros y –paradoja- hemos de recurrir a nosotros mismos para seguir caminando, cuando nosotros mismos hemos sido parcialmente borrados por nuestra huida forzosa. Somos una sombra sin figura.
De manera que no sólo se trata de ponerse las gafas de sentir como sienten los inmigrantes, también cómo sintieron nuestros padres y abuelos, como lo harán nuestros hijos, amigos…y finalmente nosotros mismos. Comprender para comprendernos.
Dice Javier Marías que “poca gente se empecina en seguir defendiendo a los derrotados y a los muertos”. Quizás esos pocos son lo que están realmente empecinados en entenderse a sí mismos para luego explicarse el mundo.
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